Por: Antonio López Sánchez
El tiempo pasa, diría Pablo Milanés. Y los amigos (y hasta uno mismo)
aunque sean (seamos) unos atorrantes, de pronto se van volviendo adultos,
casados, padres, artistas en mayúsculas. Y empiezan a publicar libros; a
dejar hechas páginas, músicas y fotos y videos y óleos; a poblar
galerías, discos y sitios del cíber; a ganar premios. Pero por suerte, a
pesar de todo eso, siguen siendo los amigos. Esos de carne y hueso; los
de la mano en el hombro y el silencio atento que escucha; los no
complacientes cuando se ha errado; los cómplices y tesoreros de secretos;
los que se encabronan a dúo, o hasta a orquesta, ante cualquier
chapucería de lo humano, lo gubernamental (que casi nunca es humano) o lo
divino en cualquiera de los cuatro puntos cardinales de este cósmico
islote que nos lleva universo adentro; los capaces todavía de detenerse a
compartir la belleza de un asombro o de una mujer... en fin, los amigos.
Y uno de esos me asalta hoy, a media mañana y en medio de
esos “terribles encantos que tiene el hogar”, con el pedido de unas
palabras sobre su obra. Y allá vamos, pues además de ser mi amigo,
declaración que dejará claro el absoluto carácter parcializado de estas
letras además de todo lo ya dicho arriba que obviamente lo incluye,
pienso que su talento bien merece dejar a un lado la realización de los
bastos oficios hogareños y emprender la ruta tecla adentro. Aunque con la
salvedad explícita de que escribiré sin llegar a la altura de su buen
hacer de lente para afuera ¿o para adentro?; pues si concordamos en que
una buena imagen vale más que mil palabras, jamás terminaría yo de pagar
en texto el precio de calidad y arte de sus andanzas fotográficas.
Las fotos de Alain Gutiérrez (el Meno, que es como se llama para
nosotros) me han acompañado desde hace ya un buen espacio. Desde aquella,
su primera exposición siendo todavía estudiante, donde tuve la fortuna de
encontrar y compartir los versos que se escondían en aquellas hermosas
imágenes y así acompañarlo en un Vuelo de guitarra. Desde las fotos de
Mármol tibio, también en la Facultad de Comunicación de la Universidad de
la Habana, donde nuevamente me cedió espacio para mis poemas junto a sus
hallazgos en luz y papel. Desde entonces en fin, hasta hoy que redacto
estas líneas, no he dejado de ver, de compartir, disfrutar y hasta pelear
sus fotografías.
No pocas veces, desandando juntos en busca de oasis de una cerveza en
la abigarrada, siempre soleada y restaurada y derruida Habana Vieja,
Alain detiene de pronto el diálogo, corre como un poseso a cualquier
parte y como un guerrero en medio de la batalla, dispara su ya
inseparable cámara. Entonces regresa, libre ya del santo patrón (o del
inquieto y mirón demonio) que gobierna y protege a los fotógrafos, con
una nueva presa en su electrónico morral de imágenes.
No pocas veces lo veo, silente duende entre guitarras de conciertos en
la orilla de algún escenario, atrapando el gesto, el instante donde
después, si se mira con atención, se escuchará sonar una melodía. No
pocas veces, en cualquier conversación, en cualquier momento, algún
detalle alrededor que escapa al ojo ciego del común de los mortales,
provoca en el Meno el descubrimiento de una buena foto.
Lo imagino, casi con poder para lograr que el amanecer dure algo más
que lo habitual para poder pintarlo en su cámara, en esta ciudad donde
casi todo, menos el amor a veces y las amistades casi siempre, ocurre más
rápido que lo debido. Lo imagino, suerte de dios moderno, dejando el
rastro de lo irrepetible, perdurando rostros y calles, haciendo la poesía
para los ojos que los ojos no perciben en su andar, logrando el milagro
de hacer historia. Lo descubro desde sus fotos, vivo, humano, conmovido y
conmoviendo, sensible, irónico, agudo, otra vez humano.
Como ocurre con casi todo artista verdadero, y conste que el Meno lo
es de buena ley, algo de sí se va dejando atrás en cada obra. Como cada
nacimiento desgarra y se lleva, a veces mucho, algo de quien engendra;
así mismo en cada una de estas imágenes hay jirones, senderos y
preguntas, ansias y hambres (que son solo otras ansias), dolores y
alegrías, vida en fin, de quien ha logrado el feliz hallazgo de
plasmarlas.
Doy gracias entonces a la suerte de que un tal Meno exista y sea buen
fotógrafo y mejor amigo. Así, no importa mucho si el tiempo pasa; aquí
está Alain, cámara en ristre y alma en la mirada, para disparo a disparo
detenerlo, retenerlo, dejárnoslo preso, tangible, nuestro, en cada una de
sus fotos.
En la Habana, soleada y fría, de Enero del 2005
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